miércoles, 29 de septiembre de 2010

Secreto del Budo, secreto del Zen


Un día, un samurai, gran maestro de sable (kendo) quiso obtener el verdadero secreto de la esgrima. Fue durante la era Tokugawa. A medianoche, fue al santuario de Kamakura, subió los numerosos peldaños que conducían hasta él y rindió gracias al dios del lugar, Hachinam. Hachinam, en el Japón, es un gran Bodhisattva que se convirtió en el protector del Budo. El samurai le rindió gracias. Al descender los escalones, a medianoche, sintió, bajo un gran árbol, la presencia de un monstruo de cara a él. Por intuición, desenvainó su sable en un instante y lo mató. La sangre brotaba y fluía por el suelo. Lo había matado inconscientemente. El Bodhisattva Hachinam no le había confiado el secreto del Budo. Pero gracias a esta experiencia, en el camino de vuelta, lo comprendió.
La intuición y la acción deben surgir al mismo tiempo. No puede haber pensamiento en la práctica del Budo. No hay ni un solo segundo para pensar. Cuando se actúa, la intención y la acción deben ser simultáneas. Si se dice: “El monstruo esta ahí, ¿cómo matarlo?”, si se duda, solo el cerebro frontal entra en acción. Así pues, cerebro frontal, thálamus (cerebro profundo) y acción deben coincidir, en el mismo instante, idéntico. De la misma manera que el reflejo de la luna no permanece sobre el curso del agua, mientras que la luna brilla y no se mueve. Esta es la conciencia hishiryo.
Cuando durante zazen digo “no moverse, no moverse”, esto significa de hecho no permanecer sobre un pensamiento, dejar pasar los pensamientos. Permanecer en perfecta estabilidad significa en realidad no permanecer. No moverse significa en realidad moverse, no dormir. Esto es como una peonza que gira: se la puede considerar inmóvil, pero se encuentra en plena acción. Solamente puede verse su movimiento cuando parte al comienzo y cuando se detiene al final. De esta manera, la tranquilidad en el movimiento es el secreto del kendo, la Vía de la espada. Y también el secreto del Budo y del Zen, que tienen el mismo sabor.
Este espíritu es el mismo en todas las artes marciales, sean cuales sean sus diferencias tácticas y técnicas. Así, el judo (ju: suavidad do: Vía) es la vía de la flexibilidad (yawara). Maestro Kano fue su fundador después de la era Meiji. Los samuráis, esos feroces guerreros, aprendían el yawara, la técnica de la flexibilidad. En el Japón, los samuráis debían aprender las artes de la guerra, y las de la vida civil.
Debían estudiar el Budismo, Lao Tsé, Confucio, y al mismo tiempo aprender el judo, la equitación, el tiro con arco. Desde mi infancia aprendí el yawara con mi abuelo paterno. Mi abuelo materno era doctor en medicina oriental. Desde esta época estuve influenciado por el judo y por el espíritu de la medicina oriental. Entonces comprendí poco a poco que las artes marciales y el Zen están en unidad. Kodo Sawaki, en sus conferencias, decía que el secreto de estas técnicas es kyu Shin Ryu, “el arte de dirigir el espíritu”.

EXTRAIDO DEL:
ZEN Y ARTES MARCIALES
TAISEN DESHIMARU

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