viernes, 15 de julio de 2011

Matsuo Basho

En el Monte Yoshino hay un lugar con más de 100,000 árboles de Sakura, es tan impactante, que cuando Matsuo Basho, el legendario poeta de haiku, lo visitó, se negó a hacer un haiku para él, arguyendo que un ser humano jamás podría capturar su belleza con palabras.

Poeta japonés, considerado el padre de los haikus de nombre real Matsuo Munefusa. Nacido en una familia noble, Matsuo Basho fue el segundo de los seis hermanos. En 1653 comenzó a servir como paje del hijo de la familia poderosa donde trabajaba su padre, un samurái de rango bajo. Matsuo Basho es el acompañante y discípulo del poeta y jefe samurái Toudou Yoshitada, quien lo prepara como Samurái. En 1657 muere repentinamente su maestro, representando un duro golpe para Basho, que pide separarse del servicio de la familia. Al ser rechazada su petición huye a Kioto y sólo se sabe que se dedica a leer clásicos chinos y estudiar poesía. En 1675 se traslada a Edo (Tokyo) y entra en el círculo de haiku de Edo, conociendo a los poetas más importantes del momento. Progresivamente va adquiriendo reputación, desarrollando su particular estilo y creando su propia escuela donde concurren muchos discípulos. En 1680 uno de sus discípulos, Sampu, le regala una casa junto al río Sumida, trasladándose a ella y cambiando el centro artístico del momento por una vida más tranquila en el campo. Matsuo Basho escribe en 1686 el haiku más famoso de la literatura japonesa, inspirado en un estanque, una rana y lo que produce su inmersión. A partir de entonces realizó numerosos viajes, narrando sus experiencias. Matsuo Basho supo elevar los haikus a una composición poética, transformándola de una expresión de intelectualidad o ingenio verbal a una intuición de la naturaleza, impregnada del espíritu del budismo zen. Toda la obra de Matsuo Basho es un encuentro constante con la naturalidad y con la humildad del que usa los versos para avanzar en su propio camino de superación espiritual.

Algunos versos:

¿De qué árbol en flor? No sé, ¡pero qué perfume!

De los cerezos en flor al pino de dos troncos: tres meses ya.

¡Débiles son mis piernas! Pero está en flor el monte Yoshino.

Antes que corten los juncos del río contempla la luna.

Dios ausente las hojas se amontonan todo es abandono.

En las flores silvestres de verano se estremece aún el sueño de gloria de los guerreros.

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