jueves, 27 de octubre de 2011

LA FILOSOFÍA FUNDAMENTAL DEL BUDDHISMO


El Buddhismo se funda en la doctrina de que la ignorancia es la causa de toda la miseria del mundo, y de que solamente el conocimiento de si mismo y de la relación de uno con el Gran Plan puede combatir esta ignorancia. Enseñó el Buddha que de la ignorancia nacen el pecado y la injusticia. Si el género humano pudiese ver claro obraría rectamente, pero su visión enturbiada destruye el impulso de actuar y pensar rectamente que son absolutamente necesarios para una vida inteligente y una verdadera espiritualidad. Los dioses del Buddha fueron hombres-dioses, seres humanos que se elevaron por si mismos por arriba de la ignorancia de la raza y quienes, asentados en elevadas cumbres, examinaron el fasto de la vida con esa plenitud que ennoblece todas las cosas, mientras el hombre, habitando en los valles, ve tan poco que todo le parece mal.
Las Cuatro Nobles Verdades concernientes a la sabiduría y a la ignorancia merecen la más cuidadosa consideración. Buddha condenó la existencia a causa de todas las miserias del mundo. Por existencia Él quería significar esa separatividad individual en que la vida una se disocia temporariamente de la vida del Todo y deviene muchas vidas. Éstas, no advirtiendo ya su unidad original y esencial, ocasionan, en su ciega ignorancia, los pecados y dolores del mundo. Por eso la primera de las Nobles Verdades es:
"El existir como una personalidad separada condena al sufrimiento y al dolor".
El primer sufrimiento podría ser caracterizado como el anhelo de las partes aisladas por conocer el todo que ellas integran. El compuesto vehículo en que el hombre vive consta de varios cuerpos y centros de sensación y de conciencia. El Buddha enseñó que todos los frutos de la sensación eran pesares, y por eso llamaba Asrava a la miseria, que quiere decir "excreciones provenientes del mundo de la sensación". A diario vemos en torno nuestro los frutos cosechados por quienes desean lo que no deben ni pueden tener, así como los resultados de su tendencia a eludir las responsabilidades que deberían asumir. Sabemos que en la mayoría de los casos los deseos y apetencias del hombre son la causa de su propia desgracia. También enseñó el Buddha que el deseo de posesión del hombre era su mayor enemigo, porque el pensamiento y el deseo de acumular le extravían la razón y la inteligencia. Así llegamos a la segunda de las Cuatro Nobles Verdades:
"La causa suprema de la miseria es el deseo de poseer y conservar lo poseído".
El estar apegado a algo implica sufrir en el momento de su pérdida y el despreciar u odiar algo traerá el disgusto de su proximidad. El deseo de poseer algo que está fuera de nuestro alcance normal es convertirse psicológicamente en un criminal y puede llevar al robo, la violación o el crimen. El valorizar una cosa es el punto de partida del deseo de poseerla; por eso el Buddha enseñaba a valorizar tan sólo al recto conocimiento, que es lo único capaz de probar la inutilidad de todo lo demás Cuando el alma comprende la inutilidad y la transitoriedad de las posesiones se librará del deseo y habiéndose liberado del deseo habrá escapado de la red que el rey de la muerte arroja para esclavizar las almas humanas. Esto nos lleva a la comprensión de la tercera de las Cuatro Nobles Verdades:
"La liberación del dolor se logra desechando todos los deseos salvo el de recto conocimiento"'.
Al mismo tiempo comprenderemos que el apego es la causa del temor a la muerte, y

Manly Hall – Las Enseñanzas del Glorioso Buddha

que cuando el hombre no está identificado con sus cuerpos sus vaivenes lo dejarán imperturbado, mientras que si los ama llorará su muerte y si los odia llorará con su advenimiento. En tanto que sus ojos sean capaces de llorar, su alma no estará aún madura para la sabiduría. Mientras sea capaz de acumular o repartir, será incapaz para la sabiduría. En tanto aprecie algo por sobre todo será inapto para la sabiduría, porque el perfecto control de si mismo es el Sendero Medio entre la alegría y el dolor, entre el amor y el odio, entre la vida y la muerte. El Sendero del Medio es el Sendero del Buddha. A fin de poder hollar ese Sendero del Medio deberemos comprender la Cuarta Noble Verdad:
"El Sendero de la liberación y de la cesación de todos los opuestos es el Óctuple Noble Sendero, el sendero de la inmortalidad".
Los más antiguos preceptos del Buddhismo establecen que no ha de hacerse mal a nadie, que todo lo bueno debe ser favorecido y desarrollado y toda virtud fomentada, que la mente, con sus múltiples y complejas funciones debe ser puesta bajo completo dominio, y que este es el camino para llegar al Buddhado.
Hay toda una grandiosa filosofía subyacente tras estas prescripciones, basada sobre ciertas concepciones fundamentales. La primera de ellas es que la vida, tal como la vemos en torno nuestro no representa la totalidad de la existencia. La existencia guarda la misma relación con la vida que el tiempo con la eternidad. El tiempo puede establecerse en cualquier punto de la eternidad, pero la eternidad será siempre la suma del tiempo. Del mismo modo la existencia puede establecerse en la vida pero la vida es la suma de la existencia. La existencia es irreal, la vida es real. Lo único capaz de juzgar la pequeñez de la existencia es la grandeza de la vida. El Buddha era evolucionista. Sus dioses eran dioses en crecimiento. Jamás discutió acerca de la Causa Primera. Las almas a las que sirvió eran almas que estaban creciendo. Los espíritus a los que asistió eran espíritus en desarrollo. Enseñó que la evolución era el proceso de la existencia reabsorbiéndose en la vida y que la más grande de todas las conquistas era alcanzar el Nirvana, en el que el pasado, el presente y el futuro eran absorbidos en el eterno ahora. También el Buddha enseñó que el apego a la existencia impide la unidad con la vida, que el mal era todo cuanto obstaculizaba el retorno de las partes a su fuente primigenia.
El Buddha vio que había dos caminos, uno para el ignorante, obligado a girar ligado a la Rueda de la Vida y de la Muerte en su sentido más estrecho; y el otro, para el sabio que, por el conocimiento de si mismo y el autodominio podría liberarse de las brasas a las que el ignorante se adhiere en agonía, y podría así hallar el Sendero del Medio que, como el eterno ahora, separa el ayer muerto del mañana sin nacer.
Esta era la filosofía del Glorioso Buddha, la filosofía de desechar todo para que el alma pudiera ganarlo todo. Enseñó que el deseo de alguna cosa exigía el sacrificar valiosos tesoros para asegurar el objeto deseado, que probablemente era de escaso valor y que valorizamos por el mero hecho de desearlo, y que por eso mismo el deseo destruía el sentido de la valorización, pues el deseo coloca las conquistas mundanas sobre las de la sabiduría y las personalidades sobre los principios. De ahí que el Buddha reuniera las legiones de la lógica y el buen sentido y atacara la Fortaleza del deseo predicando que el hombre era destruido por sus deseos, que su alma estaba sepultada bajo sus acumulaciones y que su espíritu era un esclavo de las chillonas chucherías de que se había rodeado. Enseñó Él que el rico no tiene descanso pues ha de dormir sobre las bolsas de dinero con la espada en la mano para defenderlas, y el pobre tampoco lo tiene porque siempre es aniquilado en su tentativa de sustraer riquezas del montón del rico. En la disolución del universo estarán viendo el vacío sobre el cual disputaban, comprendiendo que se habían atado a sus posesiones y que, no habiendo construido nada en el interior, carecían con que enfrentar la eternidad.

Manly Hall – Las Enseñanzas del Glorioso Buddha

El Buddha creía en la ley, fija e inmutable. La Naturaleza tal como Él la entendía, era buena, creciendo libre del deseo, que era su símbolo de todo mal. De ahí que la Naturaleza, siendo impersonal, no tolere caprichos y no preste atención si los que tritura en el eterno rodar de Su mecanismo son santos o pecadores. El Buddha no prometió ninguna expiación vicaria a sus seguidores, enseñando que fuese lo que fuese Dios, amaba a todas las cosas por igual y que distaba mucho de ser indulgente con los caprichos de la humanidad.
Comprendió que este Globo en que vivimos y esos mundos que conocemos sólo existen un instante en el espacio, que todo lo visible cambia constantemente y que, ciertamente, lo que hoy florece mañana decae. Simbolizaba, como los brahmanes que le precedieron, al mundo como un agitado océano sobre el cual la humanidad se mantiene a flote en pequeños barcos embestidos por los vientos, cada uno tratando de guiar su barca hacia algún puerto determinado. Inútil será tratar de forjar una idea de una ola porque antes de terminar su imagen, habrá cambiado y desaparecido. Así pasa con las cosas vivientes. Sería inútil tratar de colocar una señal en el mar porque no hay nada fijo sobre qué instalarla. El mar es la vida, tal como lo vemos siempre cambiante, sin repetirse jamás. Quien trate de seguir sus modalidades habrá de tener tantas en si como el mar. Quien en ella busque algo permanente estará tras un inalcanzable fuego fatuo. Así como Jesús caminó sobre las aguas también el Buddha enseñó a sus discípulos a mantenerse firmes sobre las olas, y mediante el claro desapasionamiento de sus mentes servir a lo permanente en todo y no ser desviados por la blanca espuma y las rompientes olas que, como toda empresa humana permanecen un instante en la cresta y luego son tragadas al fondo del mar. Soberano sobre el incesante cambio, permanente, inconmovido, el Buddha estaba sentado en meditación, pues la perfecta paz y tranquilidad fueron el símbolo de su logro. Rodeado de multiplicidad de cosas él solo permanecía consciente de una: la eternidad y la permanencia de su espíritu inmortal.
Esparcidas por todo el Oriente vense estatuas del Buddha meditando. Su faz serena, grandiosa e inexpresiva mira hacia abajo desde elevados altares obscuramente visibles a través de las celosías de los ventanales de los templos. Cien mil, un millón de imágenes, grandes y pequeñas, nuevas y viejas, algunas adornadas y alhajadas, otras derrumbadas y cubiertas de malezas, pero siempre una misma expresión, un maravilloso e impasible semblante, y en cuya serenidad de líneas están yacentes todas las expresiones. Muchos imperios buddhistas se han desmoronado, y millones de sus estatuas han sido abatidas por el despiadado salvajismo del hombre. Los cataclismos sísmicos, han derrumbado las grandiosas imágenes, dejándolas semienterradas. Sus templos han sido incendiados sobre ellas y sus monjes desterrados, pero aún irradia paz el gran rostro, inalterado, inconmovido, indiferente al vaivén de las cosas, y habla con más fuerza que las palabras para el espíritu de fe.
Si los hombres de Occidente pudiesen conocer el camino de la inmortalidad del Buddha, Si solamente la discordia, la agitación y la incesante confusión pudiesen dar lugar a la paz y dignidad de su antiguo sendero, viviríamos mucho más y podríamos realizar mayormente. Pero el mundo Occidental está dominado por sus deseos; vive tan sólo para sus sentidos materiales; diviniza la ilusión; cada alma tiene su precio en oro y plata, y los niños que vienen al mundo son educados como maquinas insensibles destinadas a llevar a la culminación el proceso de acumulación. Nunca más que hoy tenemos necesidad de Sus enseñanzas, que mostraban a sus discípulos la falacia de la búsqueda mundana, y que la felicidad sólo deriva de la sabiduría y que la paz es tan sólo un subproducto, una de las muchas virtudes resultantes del recto vivir y tan sólo de él. Vivimos en un mundo de ciclos, y a ciertos intervalos se recapitula lo que ha sucedido precedentemente. Algún día reconoceremos la necesidad del autocontrol y entonces Manly Hall – Las Enseñanzas del Glorioso Buddha recordaremos más cariñosamente que ahora al que tanto sufrió y tan sinceramente trabajó para transmitir ese conocimiento al mundo. La del Buddha es la buena ley, porque Él dice:

“Quien no es feliz con poco no lo será con mucho; quien no aprecia lo pequeño no podrá ser cuidadoso de lo grande; a quien lo suficiente no basta esta al margen de la virtud, pues el cuerpo físico vive de un día para otro y si se le proporciona lo que realmente necesita habrá tiempo todavía para la meditación, mientras que Si se trata de darle cuanto desea "la tarea sería inacabable".

El Buddha enseña a sus discípulos a vivir no para el día solamente sino para ese gran día en que las vidas parecerán breves y los nacimientos y muertes como el oscilar de un péndulo, en que sus vicios seguirán desafiando eternamente a sus almas a menos que se los haya rectificado, a ser humildes, sencillos, modestos en todo, afectuosos para todos, no solamente con los seres humanos sino que también con las flores y los animales, a cuidar y servir a toda manifestación de vida, que la vida persiste sobre la vida, y que por eso la vida tiene una deuda con la vida, que aquéllos que mueren para que otros puedan vivir no mueren en vano sino que aquéllos que viven por sobre ellos usarán esa vida tan libremente dada para servir a la vida una que todo lo dio.
H. G. Wells tomó al gran Buddha, le arrancó sus diademas, le quitó sus doradas vestimentas, despojó a la Fe de sus posteriores agregados y presentó al Buddha tal como era en realidad, el simple peregrino, el corazón cariñoso, inegoista, que paseó por la superficie del mundo sus tres grandes interrogantes, con plena conciencia de que hasta tanto no fuesen contestados, el género humano no podría ayudarse a si mismo ui colaborar con el plan que le había dado el ser. Las respuestas que Él dio fueron:
¿De dónde venimos? Del pasado, de lo que hemos hecho antes, de las tareas incumplidas, de los efectos incompletos de nuestros pasados vicios y virtudes, de los pecados de nuestra carne, de las tinieblas de nuestra ignorancia, de la cadena de vidas que nos alza del cieno y de la inmundicia, del comienzo de las cosas, de la fe del Dharma, de la caída de las cosas en la separatividad, de la diversificación del Uno, llevando de vida en vida el lastre del pasado siempre con nosotros, formando un extraño grupo guiado por el demonio del Deseo, de nuestras faltas y caídas, danzando alrededor de nuestras torturadas almas. Así llegamos al presente, trayendo con nosotros las virtudes y vicios del pasado, impelidos por la perpetua ley desde la ignorancia hacia la unidad de la sabiduría.
¿Por qué estamos aquí? A consecuencia del pasado, pues el pasado origina el presente y de éste nace el futuro; estamos aquí para terminar o al menos proseguir las tareas que dejamos incompletas desde el origen de las cosas; hemos sido traídos aquí por nuestras alegrías y dolores, y la mayoría hemos sido conducidos hasta aquí por nuestros deseos, y aquí permaneceremos hasta que haya muerto el último de ellos, hasta que la última posesión haya sido renunciada, hasta que la última porción de personalidad que hayamos acarreado con nosotros retorne al gran Todo de donde proviene. Si nacemos ignorantes, acumulamos; si nacemos en sabiduría, difundimos. Para el sabio, la vida que aquí se vive es una oportunidad para desembarazarse del lastre que ha acumulado en el pasado, de librarse de sus opiniones y puntos de vista, de sus concepciones de la vida y de la muerte, y de dejar todo eso atrás para comenzar a hollar el Sendero del Medio. Ante el portal del futuro el camino se bifurca: uno conduce al Nirvana, y es el noble sendero de la realización; el otro retrocede y se desvía más y más hasta que el espíritu aprende su lección y decide hollar el Sendero del Medio.
¿Adónde vamos? Vamos a enfrentarnos con lo que hemos merecido, al encuentro de los efectos de las causas que promovimos. Aquéllos cuya labor ha sido incompleta, rodarán solamente por la periferia de la rueda para retornar y completar sus tareas. En Manly Hall – Las Enseñanzas del Glorioso Buddha cambio, aquéllos pocos que han hollado el sendero de equilibrio que conduce al Nirvana, donde una vez agotadas sus acciones, los seres se reúnen con la Causa Incausada de la que partieron, van para aguardar el nuevo destino que el Creador considere apropiado asignarles. Se dice que el Señor Buddha ha terminado sus tareas, que ha aprendido la única lección que el mundo puede enseñar: la lección del discernimiento, y habiendo aprendido a elegir sabiamente entre lo permanente y lo impermanente, desenmascaró a la gran ilusión. Desenmascarar los defectos es la tarea del alma; conservar el equilibrio en medio de las cosas es el camino del Buddha; contemplar la vida pero no dejarse atrapar por ella es la ley del Buddha; salir de la vida y penetrar en nueva vida es el deseo del Buddha. Reunirse con la Causa Infinita, volver a conocer al Radiante Uno del que todo proviene, unificarse con el Eterno Aquello que es suma de todas las cosas, esto es liberación, esto es libertad. Reabsorberse en la Realidad es la meta del Glorioso Buddha.

martes, 25 de octubre de 2011

lunes, 5 de septiembre de 2011

martes, 30 de agosto de 2011

Que es el Sumi-e ... ?


Sumi-e ó Suiboku (墨絵; también "水墨画;", 'suibokuga'?) es una técnica de dibujo monocromático en tinta de la escuela de pintura japonesa. Se desarrolló en China durante la dinastía Tang (618 - 907) y se implantó como estilo durante la dinastía Song (960 - 1279). Fue introducida en el Japón a mediados del siglo XIV por monjes budistas zen y creció en popularidad hasta su apogeo durante el Período Muromachi (1338 - 1573).

Tecnica de sumi-e

Se requieren cuatro elementos para esta pintura: La barra de tinta (Sumi), hecha con las cenizas de bembo o de pino. La piedra abrasiva que sirve de tintero (Suzuri). El pincel, que esta hecho con distintos pelos de animales y el papel de arroz hecho a mano. Frotando la barra de tinta y unas gotas de agua, en forma circular, contra la piedra abrasiva se obtiene una cremosa tinta negra. Mientras se prepara la tinta el artista permanece en silencio concentrado en el sujeto de su pintura. El pincel se sostiene de forma perpendicular al papel de arroz, entre el dedo índice y el pulgar. La muñeca debe permanecer inmóvil y el brazo no debe apoyarse. La pincelada es libre pero controlada.
Justificar a ambos ladosLo que se busca con esta pintura es captar la esencia del sujeto, su espíritu, no tanto su apariencia. Es una pintura simbólica y espiritual llena de sutilezas, la belleza no se encuentra en la apariencia sino en lo que se representa.


Sumi-E es un término que significa pintura a tinta. Se hizo conocida en Japón alrededor del siglo VII aC por académicos que regresaban desde China. Ellos trajeron consigo muchas ideas culturales como la caligrafía (escritura hermosa) y un estilo de pintura influenciada por ésta. Los japoneses adoptaron este estilo de pintura y le agregaron el don cultural japonés y lo nombraron Sumi-E.

Sumi-E consiste en cuatro trazos de pinturas usualmente referidas como los cuatro “amigos”: Bambú, Brotes de Ciruelo, Orquídea Silvestre y Crisantemo.

Se considera que el Bambú, el primer amigo, contiene las características de un caballero. Los chinos lo consideran como virtuoso y humilde y también consistente ya que retiene su follaje todo el año.
El segundo amigo, Brotes de Ciruelo, cuyos brotes son usados por los trazos de esta pintura son de hecho los brotes que crecen en el árbol del Damasco Japonés. Este árbol es el símbolo del invierno con el renacer de la vida no lejos de la llegada de la primavera.
El tercer amigo es la Orquídea Silvestre. Este amigo es considerado como femenino, simboliza la serenidad de la oscuridad. Emite un perfume bello especialmente a medida que crece en los bosques profundos.
El cuarto de los amigos es el Crisantemo, altamente valorado en China debido a su longevidad. Desafía el hielo del invierno al brotar en otoño.
Los cuatro amigos representan todas las formas del universo. Una creencia común era que ellos eran llamados los cuatro amigos porque sólo los ricos tenían el lujo de darse el gusto con ello y disfrutar la caligrafía y el arte de la pintura oriental. En esa época también había famosas mujeres y niños pintores. Estos hechos están registrados en los anales de la historia del arte.
Cuando Sumi-E fue introducido en Japón los monjes Budistas Zen lo usaron como un ejercicio Zen. Ellos valoraron la libertad del uso del color al usar sólo las sombras derivadas de la tinta, la totalidad del espectro, desde el negro lleno hasta el blanco. Esto enfatizaba líneas, sombras y sentimientos emocionales y encontraron que requería más disciplina, lo que era bueno para su práctica espiritual.
Hay una historia popular acerca de “Sesshu”, un pintor japonés del siglo XIV, quien cuando niño disgustaba a su Abad al dibujar en vez de estudiar sus lecciones religiosas. Como castigo fue atado a un árbol para que meditara. Sin embargo, dibujó en la arena un ratón tan vívido con su dedo gordo del pié, que cobró vida, mordió la soga y lo liberó.
Hay muchas leyendas Sumi-E, tal como la del Emperador que puso a dos pintores Sumi-E a competir entre sí y les pidió que pintaran una hoja de arce flotando río abajo. Un artista pintó laboriosamente con detalles la hoja flotando. El segundo artista, quien no aprobaba las competencias, tomó a un gallo, sumergió sus patas en tinta mezclada con pintura roja y presionó sus patas sobre un gran papel de arroz lo que representaba la corriente de agua.
Muchos artistas occidentales han estudiado Sumi-E o han recibido su influencia. El trabajo de artistas tales como Toulouse Lautrec, Gaugin, Mary Cassett y Pierre Bonnard fueron influenciados por Sumi-E, sus trabajos expresan la vida interior de la materia del tema, la que está llena de individualidad y espíritu. Un trazo conduce sin esfuerzo al próximo, mostrando que el artista tiene total control de su mente y pincel.
Para mantener el espíritu de Sumi-E es importante no hacer esbozos, en cambio debe mantener la imagen en su mente, disfrutar su belleza y pintar la memoria de ella en el lenguaje Sumi-E, usando el espectro total desde el negro hasta el blanco. Eso es Sumi-E en su forma más elevada, por ejemplo recordar cómo se ve una abeja cuando se mueve de una flor a otra o un pájaro aleteando al capturar un insecto.
Para los antiguos chinos Sumi-E refleja el Dao, el permanente principio del universo; la vía de la vida. El mismo espíritu siempre ha morado en las mentes de los pintores Sumi-E. Están conscientes que Hokusai, Sesshu, Bunuho y otros están a su lado ayudándolos a hacer las cosas que aman hacer.
La historia japonesa fue registrada en rollos de papel con caligrafía y pinturas Sumi-E, lo que ayuda a los historiadores a ver la vida como era en el pasado. Los mapas marítimos también fueron hechos en Sumi-E. Se dice que son superiores a los mapas de hoy, según experimentado marinos. Sumi-E fue también usado para hacer las primeras películas con movimiento. La historia fue pintada e ilustrada en Sumi-E y un rollo que se habría horizontalmente era visto a través de una caja que ofrecía entretenimiento a los niños y a los pueblos de la periferia. Todo esto demuestra con seguridad que Sumi-E es en realidad el lenguaje del pueblo.

martes, 9 de agosto de 2011

LOS MAESTROS DEL TÉ


En la religión, el Porvenir está delante de nosotros. En arte, el Presente es eterno. Los Maestros del Té afirmaban que el verdadero sentido del arte sólo es posible a quienes sienten del arte su influencia viviente. Y así trataban de amoldar su vida cotidiana al perfecto modelo de refinamiento que realizaban en la Cámara del Té. En cualquier ocasión trataban de conservar su serenidad de espíritu y de enderezar la conversación de manera que no se rompiese jamás la armonía circundante.
El color y el corte de los vestidos, el equilibrio del cuerpo, la manera de caminar, todo puede servir para la manifestación de una personalidad artística.
Punto en verdad capital, porque quien no ha alcanzado la belleza no tiene derecho a acercarse a la belleza. Y por esto el Maestro del Té, trataba de ser algo más que un artista, el arte mismo. Era el Zen de la estética.
La perfección está en todo si nos preocupamos de reconocerla. Rikiu se complacía en citar un viejo poema en el que se dice:
"A quienes sólo aman las flores, quisiera mostrarles la florescencia de la primavera en los capullos nacientes sobre las colinas cubiertas de nieve."
Los Maestros del Té han traído al arte numerosas aportaciones. Han revolucionado enteramente la arquitectura clásica, y la decoración interior ha creado un nuevo estilo del que nos hemos ocupado al hacer la descripción de la Cámara del Té, estilo cuya influencia se encuentra en los palacios y en los monasterios construidos desde el siglo sexto. El complejo Kobori-Enshiu ha dejado maravillosos vestigios de su genio en la villa imperial de Katsura, en los castillos de Najoya y de Nijo y en el monasterio de Khoan. Todos los jardines del Japón han sido dibujados por los Maestros del Té y se puede considerar como seguro que nuestro arte de la cerámica no hubiese jamás alcanzado la perfección si los Maestros del Té no le hubiesen prestado su inspiración; la fabricación de los utensilios del té necesita por parte de nuestros artífices una gran parte de inspiración.
Los siete Hornos de Enshiu son perfectamente conocidos de quienes hayan estudiado la historia de la cerámica japonesa. Muchas son también las telas que llevan los nombres de los Maestros del Té que contribuyeron a su dibujo y a su colorido.
Es absolutamente imposible, en verdad, encontrar ninguna rama del arte, donde los Maestros del Té no hayan dejado la huella de su genio. Y sería inútil señalar los inmensos servicios prestados al arte de la laca y de la pintura.
Una de las más grandes escuelas de pintura debe su origen al gran Maestro Honnami-Koyetsu, tan famoso como artista lacador como ceramista. Al lado de sus obras, las magníficas creaciones de Koho, su nieto, y de Kerin y de Kenzan sus sobrinos, quedan en la sombra.
La escuela de Kerin, tal como se la define generalmente, es una expresión del Teísmo; parece que, a grandes líneas, esta escuela posea la vitalidad de la Naturaleza misma.
Pero por grande que haya sido la influencia de los Maestros del Té en el dominio del arte, no es nada comparada con la que han ejercido en el camino de la vida. No solamente se nota su influencia en los usos y costumbres del gran mundo, sino en los más triviales detalles de nuestra vida doméstica. Muchos de nuestros platos más delicados, así como la forma de presentar los alimentos en general, a ellos son debidos. Nos han enseñado a no llevar vestidos de colores sobrios. Nos ha iniciado en el estado de espíritu en que debemos hallarnos para acercarnos a las flores. Han hecho más enérgico nuestro amor natural de la simplicidad; nos han mostrado la belleza de la humanidad. En una palabra, por sus lecciones el té ha entrado en la vida del pueblo.
Los que, de entre nosotros, ignoran el secreto de adaptar convenientemente nuestra propia existencia sobre este mar tumultuoso de emociones insensatas que llamamos vida, viven en un estado de continuo sufrimiento, tratando en vano parecer felices y satisfechos.
Nos debilitamos con nuestros esfuerzos para conservar nuestro equilibrio moral y vemos un precursor de la tormenta en cada nubecilla que flota en el horizonte. Y hay, no obstante, una alegría y una belleza en las tempestades de las olas que barren la eternidad. ¿Por qué no penetrar en su espíritu, o, como Liehtsé, cabalgar sobre el huracán mismo?
Sólo quién ha vivido en la belleza morirá en la belleza.
Los últimos momentos de los Maestros del Té estaban tan llenos de refinamiento como lo habían estado sus vidas. Buscando siempre conservar la armonía con el gran ritmo del universo, estaban siempre dispuestos a penetrar en lo ignoto. El "Ultimo Té de Rikiu" estará siempre grabado en mi espíritu como la cima de la grandeza trágica.
Vieja era la amistad que unía a Rikiu y al Taiko Hideyoshi, y alta la estima en que el gran guerrero tenía al Maestro del Té; pero la amistad de un déspota es siempre un peligroso honor. Era un tiempo en que reinaba la traición y los hombres no depositaban su confianza ni en su más próximo pariente.
Rikiu no era un cortesano servil y algunas veces había tenido la audacia de contradecir a su orgulloso señor; con lo cual, aprovechando la frialdad que reinaba desde algún tiempo ente el Taiko y Rikiu, los enemigos de este último lo acusaron de haber tomado parte en un complot para asesinar al déspota.
Murmuran al oído de Hideyoshi que el fatal brebaje debía serle administrado en forma de bebida verde, preparada por el Maestro mismo.
La menor sospecha bastaba a Hideyoshi para decidir una inmediata ejecución y todo recurso era inútil ante su voluntad irritada; el único privilegio que consentía a quien había condenado, era el honor de morir por su propia mano.
El día fijado para su propio sacrificio, Rikiu invitó a sus discípulos predilectos a la última ceremonia del té. A la hora prescrita los invitados se reunieron tristemente bajo el pórtico; al recorrer sus miradas los caminos del jardín, los árboles parecían temblar y oyeron pasar por los murmullos de sus hojas los suspiros de los fantasmas sin asilo. Las linternas de piedra gris parecían centinelas solemnes ante las puertas de Hadés. Pero un efluvio de incienso llegó hasta ellos procedente de la Cámara del Té; es la señal que convida a los invitados a entrar. Uno a uno avanzaron y tomaron sus puestos; en el Tokonoma se halla suspendido un kakemono en el que están escritas las maravillosas reflexiones de un viejo monje sobre el aniquilamiento de las cosas terrenales. El murmullo de la tetera hirviendo sobre el brasero parece el canto de una cigarra expresando su tristeza por el verano que huye. Pero el huésped aparece; cada cual es servido y todos vacían silenciosamente sus tazas, el huésped el último de todos, Después, conforme a la etiqueta, el invitado de mayor categoría pide permiso para examinar el servicio de té. Rikiu pone delante de ellos los diferentes objetos y el kakemono. Cuando han expresado la admiración que les produce la belleza de estas piezas maravillosas, Rikiu les hace presente de ellas a título de recuerdo. Sólo guarda para sí el bols. "Que jamás esta copa, mancillada por los labios de la desgracia, sirva para otro hombre." Y rompe la taza en mil pedazos.
La ceremonia ha terminado; los invitados, reteniendo apenas sus lágrimas le dan el adiós postrero y abandonan la Estancia. Al ruego de Rikiu, uno solo, el más querido de todos, permanecerá y asistirá a su fin, Rikiu, entonces, se despoja de su kimono, lo pliega cuidadosamente sobre la esterilla y aparece vestido con el traje de la muerte, de una blancura inmaculada. Mira con ternura la hoja brillante del puñal fatal y le dirige estos versos exquisitos:

¡Sé bienvenida,
Oh, Espada de la eternidad!
A través de Buda
Y a través de Dharma, igualmente,
Te has abierto tu vida.
Con la expresión sonriente, Rikiu ha pasado al gran misterio de lo ignoto.

viernes, 5 de agosto de 2011

LAS FLORES (CHA-NO-YU)


En la gris y temblorosa luz del alba de una mañana de primavera, ¿no habéis experimentado, al oír murmurar los pájaros en los árboles con una cadencia misteriosa, que no podían ser sino flores que hablaban entre ellas? Pero está fuera de duda que, para la humanidad, el amor de las flores ha debido nacer al mismo tiempo que la poesía del amor. ¿Podemos acaso concebir la revelación de un alma virgen, mejor que en presencia de una flor, dulce en su inconsciencia, que acaso no tiene perfume sino porque es silenciosa? Al ofrecer a su amada la primera guirnalda, el hombre primitivo se elevó por encima de la bestia; elevándose por encima de las necesidades groseras de la Naturaleza, ha sido humano; al apreciar la sutil utilidad de lo inútil, ha entrado en el reino del arte.
En la alegría y en la tristeza, las flores son nuestras amigas fieles. Comemos, bebemos, cantamos y bailamos con ellas. Nos bautizan y nos casamos con flores. No osamos morir sin ellas. Hemos adorado con el lirio, hemos meditado con el loto, hemos batallado con la rosa y el crisantemo. Hemos intentado hablar el lenguaje de las flores. ¿Cómo podríamos vivir sin ellas? Da pavor pensar en un mundo vacío de su presencia. ¡Qué consuelo nos traen a la cabecera del enfermo, qué luz de bendición a las tinieblas de los espíritus fatigados!
Su serena ternura reconforta nuestra confianza vacilante en el universo, como la mirada dulce de una criatura resucita nuestras perdidas esperanzas. Cuando estamos acostados bajo la tierra son ellas las que permanecen llorando sobre nuestras tumbas.
Pero por muy triste que nos sea, debemos confesar que a pesar de nuestra familiaridad con las flores, no nos hemos elevado mucho por encima del bruto. Rascad la oveja y el lobo que vive en nosotros no tardará en mostrar sus colmillos. Alguien ha dicho que el hombre es, a los diez años, un animal; a los veinte, un loco; a los treinta, un fracasado; a los cuarenta, un falsario y a los cincuenta, un criminal. Acaso no llegue nunca a ser un criminal porque no ha cesado nunca de ser un animal. Lo único real para nosotros es el hambre, lo único sagrado, nuestros deseos. Todos los altares, unos tras otros, se han derrumbado ante nuestros ojos; uno solo subsiste eterno; aquel sobre el que incensamos nuestro ídolo supremo: nosotros mismos. Nuestro Dios es grande y el dinero es su profeta; para sus sacrificios devastamos la Naturaleza entera.
Nos alabamos de haber dominado la materia y olvidamos que es la materia la que ha hecho de nosotros unos esclavos. ¡Cuántas atrocidades cometemos en nombre de la cultura y del refinamiento!
Decidme, bellas flores, lágrimas de las estrellas, que estáis ahí, en vuestro jardín, balanceándose según el placer de las abejas que cantan el sol y el rocío, ¿conocéis el terrible destino que os espera? Soñad, balanceaos, murmurad cuanto podáis entre las brisas del verano. Mañana, una mano implacable os arrancará brutalmente, seréis despedazadas, llevadas lejos de vuestras apacibles mansiones. ¡Pasaréis por bellas! ¡Pero cuánto más bellas erais cuando la mano que os arrancó no estaba manchada con vuestra sangre! Vuestro destino será quizá adornar los cabellos de una mujer sin corazón o el ojal de quien no osaría miraros frente a frente si fueseis un hombre. Acaso vuestra suerte sea un jarro estrecho con un poco de agua estancada para apagar vuestra sed torturadora que indica que la vida se acaba.
Flores, si habitaseis el palacio del Mikado, encontraríais alguna vez un terrible personaje que se llama a sí mismo el maestro de las flores, armado de unas tijeras y de una sierrecilla. Se atribuye los derechos de un doctor, y por instinto lo odiaríais, pues no ignoráis que un doctor trata siempre de prolongar los sufrimientos de sus víctimas. Os cortaría, os doblaría, os torcería en todas las posiciones imaginables que juzgase útil imponeros. Torcería vuestros músculos y dislocaría vuestros huesos como un osteópata. Os quemaría con carbones ardientes para restañar vuestra sangre y os hundiría alambres en la carne para activar vuestra circulación. Os teñiría con sal, vinagre, alumbre o vitriolo.
Cuando estuvieseis desfallecidas arrojaría a vuestros pies agua hirviendo para reanimaros. Estaría orgulloso de conservaros vivientes dos o tres semanas más de las que hubierais vivido sin su tratamiento. ¿No hubierais preferido morir en cuando habéis sido cogidas? ¿Qué crimen habéis cometido durante vuestra encarnación pretérita para merecer tal castigo durante ésta?
La devastación de las flores practicada en Occidente, es acaso más cruel que los tratamientos aplicados por los maestros de Oriente. La cantidad de flores cortadas a diario para adornar salones y mesas de banquetes es enorme; atadas juntas formarían una guirnalda a un continente. Comparada con esta indiferencia completa de la vida, el crimen del maestro de las flores es insignificante.
Él respeta la economía de la Naturaleza, escoge sus víctimas con esmero y una vez muertas honra sus restos. En Occidente el puesto de flores forma parte del decorado de la riqueza; es la fantasía de un momento. ¿Dónde van estas flores cuando la fiesta ha terminado? ¿Hay algo más doloroso que ver una flor marchita arrojada sin remordimientos sobre un montón de estiércol?
¿Por qué serán las flores tan bellas siendo tan desgraciadas? Los insectos pueden picar y el animal más tranquilo tiene defensas cuando se siente acorralado. Los pájaros cuyas plumas son buscadas para adornar los sombreros, pueden escapar, volando, a su perseguidor; el animal velludo cuya piel codiciáis, puede ocultarse a vuestra vista. ¡La única flor que tiene alas es la mariposa! Todas las demás quedan inmóviles y desarmadas ante sus verdugos.
Si lanzan gritos durante su agonía, no llegarán a nuestros oídos endurecidos. Somos brutales ante los que nos aman y sirven en silencio, pero puede venir la hora en que nuestra crueldad aleje de nosotros nuestros mejores amigos. ¿No habéis notado que las flores son más escasas de año en año? Acaso sus sabios les han aconsejado huir hasta que el hombre sea más humano; sin duda han emigrado al cielo.
Alabemos al hombre que se entrega a la cultura de las flores; el hombre del tiesto es infinitamente más humano que el hombre de las tijeras. Lo vemos con placer inquietarse por la lluvia y el sol, cómo lucha con los parásitos, su miedo a las heladas, su ansiedad cuando tardan en aparecer los capullos, su éxtasis cuando las hojas tienen todo su esplendor. En Oriente el arte de la jardinería es uno de los más antiguos, y los cuentos y las canciones están llenas de historias del amor del poeta por su flor favorita. Bajo las dinastías Tang y Song, los ceramistas crearon para las plantas recipientes maravillosos; no eran vasos, sino verdaderos palacios llenos de piedras preciosas. Cada flor tenía un doméstico especialmente encargado de velar por ella y de cepillar sus hojas con un fino cepillo de pelo de conejo. Yuenchunlang, dice en su Pingtsé que la peonia debe ser regada por una joven maravillosamente ataviada, y el ciruelo de invierno por un monje pálido y grave. En el Japón, una de las danzas más populares, el hachinoki, que data de la época de Ashikaga, refiere la historia de un caballero pobre, que no teniendo nada para calentarse, cortó una noche, para recibir a un religioso errante, sus plantas más queridas para quemarlas. El religioso no es otro que HOJO-Tokiyori, el Haroun-el-Raschif del Oriente, el sacrificio del buen caballero es recompensado espléndidamente. Aun hoy día, la representación de esta comedia arranca lágrimas a los espectadores de Tokio.
Antiguamente se tomaban las mayores precauciones para preservar y cuidar las flores más delicadas. El emperador Huensung, de la dinastía Tang, suspendía campanillas de oro de las ramas de sus plantas para alejar los pájaros.
Era el mismo que en primavera se hacía acompañar por los músicos de su corte, para divertir a las flores con conciertos exquisitos.
Existe todavía en el monasterio de Sumadera, cerca de Kobé, una tableta que la tradición atribuye a Yoshitsuné, el héroe de nuestro ciclo de leyendas equivalente a la Tabla Redonda; es una advertencia para la protección de un ciruelo célebre, y está escrita en el tono de la épica guerrera. Después de haber hecho la descripción de la belleza de sus flores, la inscripción dice: "A quien hubiese cortado una sola rama de este árbol, le será confiscado en cambio un dedo." ¿No sería conveniente hoy aplicar estas leyes a quienes ejercen su frenesí destructor sobre las flores y los objetos de arte?
Y también hay que acusar el egoísmo humano del delito de poner las flores en macetas. ¿Por qué arrancar las plantas a su ambiente y exigirles que florezcan en lugares que les son extraños? ¿No es esto igual que pedir a los pájaros que canten y procreen en la prisión de una jaula? ¿Quién sabe lo que sufren las orquídeas, ahogándose en el calor artificial de un invernáculo, suspirando por un rayo de sol meridional?
El verdadero amante de las flores es el que las visita en sus reductos natales, como los poetas y filósofos de China, Taouyenming, que se sentaba delante de una barrera de bambúes para conversar con los crisantemos salvajes, o como Linwosing, que se extravió en medio de los caminos misteriosos mientras se paseaba, al crepúsculo, por entre los ciruelos en flor del lago Occidental.
Cuentan también que Chowmushih dormía en una embarcación, a fin de que sus sueños pudiesen confundirse con los del loto. Y este mismo espíritu animaba a la emperatriz Komio, una de las más renombradas soberanas de Nara, cuando cantaba:
"Si te cojo, mi mano te mancillará, ¡oh flor! Tal cual te veo en el borde del prado, te doy en ofrenda a los Budas del pasado, del presente y del porvenir."
No seamos, no obstante, demasiado sentimentales. Seamos menos lujosos, pero más magníficos. Laotsé decía: "El cielo y la tierra son implacables."
Kobodaishi decía: "Corre, corre, corre; la corriente de la vida va siempre más lejos. Muere, muere, muere; la muerte viene para todos." La destrucción nos aguarda por todas partes. Destrucción abajo y en lo alto, destrucción delante y detrás. El Cambio es la única cosa eterna; ¿por qué, pues, no acoger la Muerte como la Vida? No existen más contrapartidas que, la Noche y el Día de Brahma. A través de la desintegración de lo viejo, el recreo es imposible. Bajo muchos nombres diferentes, hemos adorado la Muerte, la Diosa implacable de la piedad; los Gheburs saludaban en el fuego al gran Devorador Universal; el Japón de Shinto se arrodilla hoy todavía delante del purismo helado del alma de la espada. El fuego místico consume nuestra debilidad, la espada sagrada rompe la esclavitud del deseo. De nuestras cenizas se eleva el fénix de la esperanza celeste; de la libertad nace una realización más alta de la humanidad.
¿Por qué no destrozar las flores, si de ellas podemos sacar nuevas formas para ennoblecer el mundo? No les pedimos sino juntarse a nosotros en nuestro sacrificio a la belleza. Rescataremos nuestras malas acciones consagrándonos a la pureza y a la simplicidad. Así razonaban los Maestros del Té, cuando fundaron el culto de las flores.
Quien conozca el alma y la manera de ser de los Maestros del Té y de las flores, habrá observado con qué veneración religiosa tratan a éstas. Jamás cogen una flor al azar, sino que escogen cuidadosamente cada rama y cada tronco, sin perder nunca de vista la composición artística que llevan en el espíritu.
Se sonrojarían si jamás cortasen más de lo que es abundantemente necesario.
En estos casos asocian siempre las hojas a las flores, a fin de constituir un conjunto que conserve la belleza entera de la planta viviente. Desde este punto de vista, como en muchos otros, su método difiere completamente del de Occidente, donde sólo pueden verse ramas y capullos amontonados en perfecto desorden, al azar, en un jarrón cualquiera.
Cuando un Maestro del Té arregla una flor según su rito, loa colocará sobre el Tokonoma, que es el puesto de honor de toda residencia japonesa.
Nada que pueda perjudicar el efecto que produce se colocará cerca de ella, ni aun una pintura, a menos que haya alguna razón estética para una combinación de este género. La flor está allí como un príncipe en su trono y los invitados, al entrar, se inclinarán ante ella antes de saludar al huésped. Existe toda una literatura a este respecto y son ejecutados dibujos que se divulgan para edificación de los amantes de las flores. Cuando la flor se marchita, el dueño la confía cuidadosamente al río o tiernamente la oculta bajo la tierra. Algunas veces se elevan por ellas pequeños monumentos.
El origen del arte de arreglar las flores es contemporáneo con el teísmo, es decir del siglo quince. Nuestras leyendas atribuyen el primer arreglo floral a los viejos santos budistas que recogían las flores segadas por el huracán y, en su solicitud por todas las cosas vivientes, las ponían en jarros llenos de agua. Se cuenta que Soami, el gran pintor artista de la corte de Ashikaga-Yoshimasa, fue uno de los primeros adeptos de esta costumbre. Juko, el Maestro del Té, fue uno de sus discípulos, así como Senno, el fundador de la casa Ikébono, familia tan ilustre en los anales de la flor como la de Kano en la pintura. Al mismo tiempo que se perfeccionaba bajo Rikiu el ritual del Té, en la segunda mitad del siglo dieciséis, el arte de arreglar las flores alcanzaba su máximo esplendor. Rikiu y sus sucesores, los célebres Ota-Wuraka, Furuka-Oribé, Koyetsu, Kobori-Enshiu, Katagiri-Sekishiu, rivalizaban entre sí en la busca de combinaciones nuevas e imprevistas. Pero no hay que olvidar, no obstante, que el culto de las flores, tal como lo practicaban los maestros del té, no era sino una parte de su ritual estético y no constituía por sí mismo una religión. El arreglo floral, como cuantas obras de arte adornaban la Cámara del Té, estaba subordinado al plan general de la decoración. Shekishiu prohibía hacer uso de las flores blancas del ciruelo mientras hubiese nieve en el jardín. Las flores "escandalosas" estaban formalmente desterradas de la Cámara del Té. Un arreglo floral hecho por un Maestro del Té, pierde todo su valor si se lleva a otro sitio que no sea aquel al que estaba destinado, porque sus líneas, todas sus proporciones han sido hechas para armonizar con los objetos que la rodean.
La adoración de la flor por sí misma comienza con el nacimiento de los maestros de las flores hacia la mitad del siglo diecisiete. Nuevos métodos y nuevas concepciones fueron desde entonces posibles y dieron nacimiento a nuevos principios y escuelas. Un escritor del siglo pasado decía que podían contarse más de cien escuelas distintas del arte de arreglar las flores. En conjunto, se dividen en dos ramas principales: la formalista y la naturalista. La escuela formalista, dirigida por Ikébono, aspiraba a un idealismo clásico correspondiente a la Academia de Kano. Se conocen descripciones de arreglos florales, ejecutados por los maestros de esta escuela, que reproducen las pinturas de flores de Sansetu y de Tsunenobu. Por el contrario, la escuela naturalista, acepta, como su nombre indica, la Naturaleza como modelo y se limita a imponerle las modificaciones de forma necesarias a la belleza artística. ¿Acaso no encontramos aquí los mismos impulsos que han dado nacimiento a las escuelas de pintura de Ukiyoé y de Shijo?
Sería muy interesante estudiar más a fondo las leyes de composición y de detalle, formuladas por los maestros de las flores de esta época, basadas en las mismas teorías fundamentales que regían la decoración Tokugawa. Tres principios fundamentales las gobiernan. El principio primordial, o sea el cielo; el principio subordinado, o la tierra; el principio conciliador, o sea el hombre.
Toda composición floral que no se rigiese por estos principios, era considerada como infecunda y muerta. Los maestros de entonces insistían mucho sobre la importancia de tratar una flor bajo sus tres aspectos diferentes, el formal, el semiformal y el informal. Es como si el primero presentase las flores en un suntuoso traje de baile, el segundo dentro de la elegancia sobria de un traje de tarde y el tercero en la deliciosa intimidad de un "deshabillé."
Nuestras simpatías personales se inclinan, debemos confesarlo, más hacia el arreglo floral de los maestros del té, que hacia los de los maestros de las flores. Los primeros son el arte concebido según su objeto esencial en el terreno de su verdadera intimidad con la vida.
Esta escuela debería llamarse natural, en oposición a la naturalista y a la formalista. El Maestro del Té estima que su deber se limita a la elección de las flores y les deja contar su propia historia. Entráis en el recinto del té hacia el final de un invierno y veis una tenue ramilla de cerezo silvestre combinado con una camelia en capullo; ¿no es como un eco del invierno que muere, una anunciación de la próxima primavera? O entráis, para el té del mediodía, un día tórrido de verano, y descubrís en la penumbra fresca del Tokonoma, un simple lirio en un vaso suspendido; chorreando rocío, parece sonreír a la locura de la vida.
Es cierto que un solo de flores puede ser interesante, pero cuando se combina en concierto con la pintura y la escultura, ¡qué maravillosa sensación!
Shekishiu puso una vez unas plantas acuáticas en una bandeja plana, para dar la sugestión de una vegetación de lagos y pantanos, y sobre ella colgó una pintura de Soami representando ánades salvajes en pleno vuelo. Shoha, otro maestro del té, compuso un poema sobre la belleza de la soledad al borde del mar, con un pebetero de bronce que tenía la forma de una caña de pescador y algunas flores silvestres que crecen por las playas.
Uno de los invitados contó que había experimentado ante esta composición el soplo del otoño languideciendo.
Las historias de flores no tienen fin. Durante el siglo dieciséis, la "gloria de la mañana" era todavía rara en nuestro país. Rikiu poseía un jardín entero plantado de ellos y lo cuidaba con esmero. El renombre de sus campanillas llegó a oídos de Taiko y éste expresó su deseo de verlas; Rikiu, entonces, le invitó a un té matinal en su casa. El día fijado, Taiko llegó y se paseó por el jardín, pero no había en él la menor traza de campanilla. El suelo estaba nivelado y recubierto de guijarros y de arena. Lleno de ira y violencia el déspota entró en la Cámara del Té, pero allí un espectáculo inesperado le desarmó. Sobre el Tokonoma, en un bronce maravilloso de la época Song, vio una sola campanilla, una "gloria de la mañana", la reina del jardín entero.
Estos ejemplos nos muestran todo el significado del sacrificio de las flores, y este significado acaso las flores mismas lo agradezcan. En ellas no hay maldad de los hombres. Algunas flores se vanaglorian de la muerte; las flores de cerezo, por ejemplo, que voluntariamente se abandonan a los vientos. Quien haya visto las avalanchas embalsamadas de Yoshino o de Arashiyama ha podido darse cuenta. Durante unos instantes revolotean como una nube de piedras preciosas y danzan sobre las aguas de cristal; después, bogando por las ondas sonrientes, parecen decir: "¡Adiós, Primavera; vamos hacia la eternidad!"