viernes, 5 de agosto de 2011

LAS FLORES (CHA-NO-YU)


En la gris y temblorosa luz del alba de una mañana de primavera, ¿no habéis experimentado, al oír murmurar los pájaros en los árboles con una cadencia misteriosa, que no podían ser sino flores que hablaban entre ellas? Pero está fuera de duda que, para la humanidad, el amor de las flores ha debido nacer al mismo tiempo que la poesía del amor. ¿Podemos acaso concebir la revelación de un alma virgen, mejor que en presencia de una flor, dulce en su inconsciencia, que acaso no tiene perfume sino porque es silenciosa? Al ofrecer a su amada la primera guirnalda, el hombre primitivo se elevó por encima de la bestia; elevándose por encima de las necesidades groseras de la Naturaleza, ha sido humano; al apreciar la sutil utilidad de lo inútil, ha entrado en el reino del arte.
En la alegría y en la tristeza, las flores son nuestras amigas fieles. Comemos, bebemos, cantamos y bailamos con ellas. Nos bautizan y nos casamos con flores. No osamos morir sin ellas. Hemos adorado con el lirio, hemos meditado con el loto, hemos batallado con la rosa y el crisantemo. Hemos intentado hablar el lenguaje de las flores. ¿Cómo podríamos vivir sin ellas? Da pavor pensar en un mundo vacío de su presencia. ¡Qué consuelo nos traen a la cabecera del enfermo, qué luz de bendición a las tinieblas de los espíritus fatigados!
Su serena ternura reconforta nuestra confianza vacilante en el universo, como la mirada dulce de una criatura resucita nuestras perdidas esperanzas. Cuando estamos acostados bajo la tierra son ellas las que permanecen llorando sobre nuestras tumbas.
Pero por muy triste que nos sea, debemos confesar que a pesar de nuestra familiaridad con las flores, no nos hemos elevado mucho por encima del bruto. Rascad la oveja y el lobo que vive en nosotros no tardará en mostrar sus colmillos. Alguien ha dicho que el hombre es, a los diez años, un animal; a los veinte, un loco; a los treinta, un fracasado; a los cuarenta, un falsario y a los cincuenta, un criminal. Acaso no llegue nunca a ser un criminal porque no ha cesado nunca de ser un animal. Lo único real para nosotros es el hambre, lo único sagrado, nuestros deseos. Todos los altares, unos tras otros, se han derrumbado ante nuestros ojos; uno solo subsiste eterno; aquel sobre el que incensamos nuestro ídolo supremo: nosotros mismos. Nuestro Dios es grande y el dinero es su profeta; para sus sacrificios devastamos la Naturaleza entera.
Nos alabamos de haber dominado la materia y olvidamos que es la materia la que ha hecho de nosotros unos esclavos. ¡Cuántas atrocidades cometemos en nombre de la cultura y del refinamiento!
Decidme, bellas flores, lágrimas de las estrellas, que estáis ahí, en vuestro jardín, balanceándose según el placer de las abejas que cantan el sol y el rocío, ¿conocéis el terrible destino que os espera? Soñad, balanceaos, murmurad cuanto podáis entre las brisas del verano. Mañana, una mano implacable os arrancará brutalmente, seréis despedazadas, llevadas lejos de vuestras apacibles mansiones. ¡Pasaréis por bellas! ¡Pero cuánto más bellas erais cuando la mano que os arrancó no estaba manchada con vuestra sangre! Vuestro destino será quizá adornar los cabellos de una mujer sin corazón o el ojal de quien no osaría miraros frente a frente si fueseis un hombre. Acaso vuestra suerte sea un jarro estrecho con un poco de agua estancada para apagar vuestra sed torturadora que indica que la vida se acaba.
Flores, si habitaseis el palacio del Mikado, encontraríais alguna vez un terrible personaje que se llama a sí mismo el maestro de las flores, armado de unas tijeras y de una sierrecilla. Se atribuye los derechos de un doctor, y por instinto lo odiaríais, pues no ignoráis que un doctor trata siempre de prolongar los sufrimientos de sus víctimas. Os cortaría, os doblaría, os torcería en todas las posiciones imaginables que juzgase útil imponeros. Torcería vuestros músculos y dislocaría vuestros huesos como un osteópata. Os quemaría con carbones ardientes para restañar vuestra sangre y os hundiría alambres en la carne para activar vuestra circulación. Os teñiría con sal, vinagre, alumbre o vitriolo.
Cuando estuvieseis desfallecidas arrojaría a vuestros pies agua hirviendo para reanimaros. Estaría orgulloso de conservaros vivientes dos o tres semanas más de las que hubierais vivido sin su tratamiento. ¿No hubierais preferido morir en cuando habéis sido cogidas? ¿Qué crimen habéis cometido durante vuestra encarnación pretérita para merecer tal castigo durante ésta?
La devastación de las flores practicada en Occidente, es acaso más cruel que los tratamientos aplicados por los maestros de Oriente. La cantidad de flores cortadas a diario para adornar salones y mesas de banquetes es enorme; atadas juntas formarían una guirnalda a un continente. Comparada con esta indiferencia completa de la vida, el crimen del maestro de las flores es insignificante.
Él respeta la economía de la Naturaleza, escoge sus víctimas con esmero y una vez muertas honra sus restos. En Occidente el puesto de flores forma parte del decorado de la riqueza; es la fantasía de un momento. ¿Dónde van estas flores cuando la fiesta ha terminado? ¿Hay algo más doloroso que ver una flor marchita arrojada sin remordimientos sobre un montón de estiércol?
¿Por qué serán las flores tan bellas siendo tan desgraciadas? Los insectos pueden picar y el animal más tranquilo tiene defensas cuando se siente acorralado. Los pájaros cuyas plumas son buscadas para adornar los sombreros, pueden escapar, volando, a su perseguidor; el animal velludo cuya piel codiciáis, puede ocultarse a vuestra vista. ¡La única flor que tiene alas es la mariposa! Todas las demás quedan inmóviles y desarmadas ante sus verdugos.
Si lanzan gritos durante su agonía, no llegarán a nuestros oídos endurecidos. Somos brutales ante los que nos aman y sirven en silencio, pero puede venir la hora en que nuestra crueldad aleje de nosotros nuestros mejores amigos. ¿No habéis notado que las flores son más escasas de año en año? Acaso sus sabios les han aconsejado huir hasta que el hombre sea más humano; sin duda han emigrado al cielo.
Alabemos al hombre que se entrega a la cultura de las flores; el hombre del tiesto es infinitamente más humano que el hombre de las tijeras. Lo vemos con placer inquietarse por la lluvia y el sol, cómo lucha con los parásitos, su miedo a las heladas, su ansiedad cuando tardan en aparecer los capullos, su éxtasis cuando las hojas tienen todo su esplendor. En Oriente el arte de la jardinería es uno de los más antiguos, y los cuentos y las canciones están llenas de historias del amor del poeta por su flor favorita. Bajo las dinastías Tang y Song, los ceramistas crearon para las plantas recipientes maravillosos; no eran vasos, sino verdaderos palacios llenos de piedras preciosas. Cada flor tenía un doméstico especialmente encargado de velar por ella y de cepillar sus hojas con un fino cepillo de pelo de conejo. Yuenchunlang, dice en su Pingtsé que la peonia debe ser regada por una joven maravillosamente ataviada, y el ciruelo de invierno por un monje pálido y grave. En el Japón, una de las danzas más populares, el hachinoki, que data de la época de Ashikaga, refiere la historia de un caballero pobre, que no teniendo nada para calentarse, cortó una noche, para recibir a un religioso errante, sus plantas más queridas para quemarlas. El religioso no es otro que HOJO-Tokiyori, el Haroun-el-Raschif del Oriente, el sacrificio del buen caballero es recompensado espléndidamente. Aun hoy día, la representación de esta comedia arranca lágrimas a los espectadores de Tokio.
Antiguamente se tomaban las mayores precauciones para preservar y cuidar las flores más delicadas. El emperador Huensung, de la dinastía Tang, suspendía campanillas de oro de las ramas de sus plantas para alejar los pájaros.
Era el mismo que en primavera se hacía acompañar por los músicos de su corte, para divertir a las flores con conciertos exquisitos.
Existe todavía en el monasterio de Sumadera, cerca de Kobé, una tableta que la tradición atribuye a Yoshitsuné, el héroe de nuestro ciclo de leyendas equivalente a la Tabla Redonda; es una advertencia para la protección de un ciruelo célebre, y está escrita en el tono de la épica guerrera. Después de haber hecho la descripción de la belleza de sus flores, la inscripción dice: "A quien hubiese cortado una sola rama de este árbol, le será confiscado en cambio un dedo." ¿No sería conveniente hoy aplicar estas leyes a quienes ejercen su frenesí destructor sobre las flores y los objetos de arte?
Y también hay que acusar el egoísmo humano del delito de poner las flores en macetas. ¿Por qué arrancar las plantas a su ambiente y exigirles que florezcan en lugares que les son extraños? ¿No es esto igual que pedir a los pájaros que canten y procreen en la prisión de una jaula? ¿Quién sabe lo que sufren las orquídeas, ahogándose en el calor artificial de un invernáculo, suspirando por un rayo de sol meridional?
El verdadero amante de las flores es el que las visita en sus reductos natales, como los poetas y filósofos de China, Taouyenming, que se sentaba delante de una barrera de bambúes para conversar con los crisantemos salvajes, o como Linwosing, que se extravió en medio de los caminos misteriosos mientras se paseaba, al crepúsculo, por entre los ciruelos en flor del lago Occidental.
Cuentan también que Chowmushih dormía en una embarcación, a fin de que sus sueños pudiesen confundirse con los del loto. Y este mismo espíritu animaba a la emperatriz Komio, una de las más renombradas soberanas de Nara, cuando cantaba:
"Si te cojo, mi mano te mancillará, ¡oh flor! Tal cual te veo en el borde del prado, te doy en ofrenda a los Budas del pasado, del presente y del porvenir."
No seamos, no obstante, demasiado sentimentales. Seamos menos lujosos, pero más magníficos. Laotsé decía: "El cielo y la tierra son implacables."
Kobodaishi decía: "Corre, corre, corre; la corriente de la vida va siempre más lejos. Muere, muere, muere; la muerte viene para todos." La destrucción nos aguarda por todas partes. Destrucción abajo y en lo alto, destrucción delante y detrás. El Cambio es la única cosa eterna; ¿por qué, pues, no acoger la Muerte como la Vida? No existen más contrapartidas que, la Noche y el Día de Brahma. A través de la desintegración de lo viejo, el recreo es imposible. Bajo muchos nombres diferentes, hemos adorado la Muerte, la Diosa implacable de la piedad; los Gheburs saludaban en el fuego al gran Devorador Universal; el Japón de Shinto se arrodilla hoy todavía delante del purismo helado del alma de la espada. El fuego místico consume nuestra debilidad, la espada sagrada rompe la esclavitud del deseo. De nuestras cenizas se eleva el fénix de la esperanza celeste; de la libertad nace una realización más alta de la humanidad.
¿Por qué no destrozar las flores, si de ellas podemos sacar nuevas formas para ennoblecer el mundo? No les pedimos sino juntarse a nosotros en nuestro sacrificio a la belleza. Rescataremos nuestras malas acciones consagrándonos a la pureza y a la simplicidad. Así razonaban los Maestros del Té, cuando fundaron el culto de las flores.
Quien conozca el alma y la manera de ser de los Maestros del Té y de las flores, habrá observado con qué veneración religiosa tratan a éstas. Jamás cogen una flor al azar, sino que escogen cuidadosamente cada rama y cada tronco, sin perder nunca de vista la composición artística que llevan en el espíritu.
Se sonrojarían si jamás cortasen más de lo que es abundantemente necesario.
En estos casos asocian siempre las hojas a las flores, a fin de constituir un conjunto que conserve la belleza entera de la planta viviente. Desde este punto de vista, como en muchos otros, su método difiere completamente del de Occidente, donde sólo pueden verse ramas y capullos amontonados en perfecto desorden, al azar, en un jarrón cualquiera.
Cuando un Maestro del Té arregla una flor según su rito, loa colocará sobre el Tokonoma, que es el puesto de honor de toda residencia japonesa.
Nada que pueda perjudicar el efecto que produce se colocará cerca de ella, ni aun una pintura, a menos que haya alguna razón estética para una combinación de este género. La flor está allí como un príncipe en su trono y los invitados, al entrar, se inclinarán ante ella antes de saludar al huésped. Existe toda una literatura a este respecto y son ejecutados dibujos que se divulgan para edificación de los amantes de las flores. Cuando la flor se marchita, el dueño la confía cuidadosamente al río o tiernamente la oculta bajo la tierra. Algunas veces se elevan por ellas pequeños monumentos.
El origen del arte de arreglar las flores es contemporáneo con el teísmo, es decir del siglo quince. Nuestras leyendas atribuyen el primer arreglo floral a los viejos santos budistas que recogían las flores segadas por el huracán y, en su solicitud por todas las cosas vivientes, las ponían en jarros llenos de agua. Se cuenta que Soami, el gran pintor artista de la corte de Ashikaga-Yoshimasa, fue uno de los primeros adeptos de esta costumbre. Juko, el Maestro del Té, fue uno de sus discípulos, así como Senno, el fundador de la casa Ikébono, familia tan ilustre en los anales de la flor como la de Kano en la pintura. Al mismo tiempo que se perfeccionaba bajo Rikiu el ritual del Té, en la segunda mitad del siglo dieciséis, el arte de arreglar las flores alcanzaba su máximo esplendor. Rikiu y sus sucesores, los célebres Ota-Wuraka, Furuka-Oribé, Koyetsu, Kobori-Enshiu, Katagiri-Sekishiu, rivalizaban entre sí en la busca de combinaciones nuevas e imprevistas. Pero no hay que olvidar, no obstante, que el culto de las flores, tal como lo practicaban los maestros del té, no era sino una parte de su ritual estético y no constituía por sí mismo una religión. El arreglo floral, como cuantas obras de arte adornaban la Cámara del Té, estaba subordinado al plan general de la decoración. Shekishiu prohibía hacer uso de las flores blancas del ciruelo mientras hubiese nieve en el jardín. Las flores "escandalosas" estaban formalmente desterradas de la Cámara del Té. Un arreglo floral hecho por un Maestro del Té, pierde todo su valor si se lleva a otro sitio que no sea aquel al que estaba destinado, porque sus líneas, todas sus proporciones han sido hechas para armonizar con los objetos que la rodean.
La adoración de la flor por sí misma comienza con el nacimiento de los maestros de las flores hacia la mitad del siglo diecisiete. Nuevos métodos y nuevas concepciones fueron desde entonces posibles y dieron nacimiento a nuevos principios y escuelas. Un escritor del siglo pasado decía que podían contarse más de cien escuelas distintas del arte de arreglar las flores. En conjunto, se dividen en dos ramas principales: la formalista y la naturalista. La escuela formalista, dirigida por Ikébono, aspiraba a un idealismo clásico correspondiente a la Academia de Kano. Se conocen descripciones de arreglos florales, ejecutados por los maestros de esta escuela, que reproducen las pinturas de flores de Sansetu y de Tsunenobu. Por el contrario, la escuela naturalista, acepta, como su nombre indica, la Naturaleza como modelo y se limita a imponerle las modificaciones de forma necesarias a la belleza artística. ¿Acaso no encontramos aquí los mismos impulsos que han dado nacimiento a las escuelas de pintura de Ukiyoé y de Shijo?
Sería muy interesante estudiar más a fondo las leyes de composición y de detalle, formuladas por los maestros de las flores de esta época, basadas en las mismas teorías fundamentales que regían la decoración Tokugawa. Tres principios fundamentales las gobiernan. El principio primordial, o sea el cielo; el principio subordinado, o la tierra; el principio conciliador, o sea el hombre.
Toda composición floral que no se rigiese por estos principios, era considerada como infecunda y muerta. Los maestros de entonces insistían mucho sobre la importancia de tratar una flor bajo sus tres aspectos diferentes, el formal, el semiformal y el informal. Es como si el primero presentase las flores en un suntuoso traje de baile, el segundo dentro de la elegancia sobria de un traje de tarde y el tercero en la deliciosa intimidad de un "deshabillé."
Nuestras simpatías personales se inclinan, debemos confesarlo, más hacia el arreglo floral de los maestros del té, que hacia los de los maestros de las flores. Los primeros son el arte concebido según su objeto esencial en el terreno de su verdadera intimidad con la vida.
Esta escuela debería llamarse natural, en oposición a la naturalista y a la formalista. El Maestro del Té estima que su deber se limita a la elección de las flores y les deja contar su propia historia. Entráis en el recinto del té hacia el final de un invierno y veis una tenue ramilla de cerezo silvestre combinado con una camelia en capullo; ¿no es como un eco del invierno que muere, una anunciación de la próxima primavera? O entráis, para el té del mediodía, un día tórrido de verano, y descubrís en la penumbra fresca del Tokonoma, un simple lirio en un vaso suspendido; chorreando rocío, parece sonreír a la locura de la vida.
Es cierto que un solo de flores puede ser interesante, pero cuando se combina en concierto con la pintura y la escultura, ¡qué maravillosa sensación!
Shekishiu puso una vez unas plantas acuáticas en una bandeja plana, para dar la sugestión de una vegetación de lagos y pantanos, y sobre ella colgó una pintura de Soami representando ánades salvajes en pleno vuelo. Shoha, otro maestro del té, compuso un poema sobre la belleza de la soledad al borde del mar, con un pebetero de bronce que tenía la forma de una caña de pescador y algunas flores silvestres que crecen por las playas.
Uno de los invitados contó que había experimentado ante esta composición el soplo del otoño languideciendo.
Las historias de flores no tienen fin. Durante el siglo dieciséis, la "gloria de la mañana" era todavía rara en nuestro país. Rikiu poseía un jardín entero plantado de ellos y lo cuidaba con esmero. El renombre de sus campanillas llegó a oídos de Taiko y éste expresó su deseo de verlas; Rikiu, entonces, le invitó a un té matinal en su casa. El día fijado, Taiko llegó y se paseó por el jardín, pero no había en él la menor traza de campanilla. El suelo estaba nivelado y recubierto de guijarros y de arena. Lleno de ira y violencia el déspota entró en la Cámara del Té, pero allí un espectáculo inesperado le desarmó. Sobre el Tokonoma, en un bronce maravilloso de la época Song, vio una sola campanilla, una "gloria de la mañana", la reina del jardín entero.
Estos ejemplos nos muestran todo el significado del sacrificio de las flores, y este significado acaso las flores mismas lo agradezcan. En ellas no hay maldad de los hombres. Algunas flores se vanaglorian de la muerte; las flores de cerezo, por ejemplo, que voluntariamente se abandonan a los vientos. Quien haya visto las avalanchas embalsamadas de Yoshino o de Arashiyama ha podido darse cuenta. Durante unos instantes revolotean como una nube de piedras preciosas y danzan sobre las aguas de cristal; después, bogando por las ondas sonrientes, parecen decir: "¡Adiós, Primavera; vamos hacia la eternidad!"

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