lunes, 2 de mayo de 2011

LAS ESCUELAS DEL TÉ


El té es una obra de arte y necesita de la mano de maestro para manifestar sus nobles cualidades. Hay té bueno y té malo, como hay buena pintura y pintura mala, y existen tan pocas recetas para hacer un té perfecto como reglas para pintar un buen Ticiano o un Sesson. Cada fórmula de preparar las hojas posee su individualidad, sus afinidades especiales con el agua y con el calor, sus recuerdos hereditarios, su propia manera de contar. La verdadera belleza tiene que reinar en ello. ¡Qué sufrimiento el nuestro al ver que la sociedad rehúsa admitir esta ley fundamental, tan simple, del arte y de la vida! Lichihlai, un poeta Song, ha hecho notar, con gran melancolía, que las tres cosas más deplorables del mundo, son: ver una juventud destrozada por una mala educación, contemplar admirables pinturas mancilladas por la admiración del vulgo y ver derrochar tanto buen té por causa de una manipulación imperfecta.
Como el Arte, el té tiene sus escuelas y sus períodos. Su evolución puede dividirse en tres etapas principales; el té hervido, el té molido y el té en infusión. Los modernos pertenecen a esta última escuela. Estos diversos métodos de apreciar el té son significativos de la época en que han prevalecido.
Porque la vida es una expresión y nuestras acciones inconscientes revelan siempre nuestro íntimo pensamiento. Confucio decía que el hombre no sabe ocultar nada. Acaso revelamos nuestros pequeños secretos porque tenemos tan pocos grandes que esconder. Los hechos insignificantes de la rutina cotidiana, forman tanta parte de los ideales de una raza, como los más altos vuelos de la filosofía y de la poesía. De la misma manera que los diferentes modos de fabricar el vino caracterizan los temperamentos particulares de las diferentes épocas y las distintas nacionalidades europeas, los ideales del té caracterizan las diversas modalidades de la cultura oriental. El pastel de té, que se hacía hervir, el polvo de té que se molía, la hoja del té infusa, marcan las diversas impulsiones emotivas de las dinastías chinas Tang, Song y Ming, y empleando la terminología de las clasificaciones artísticas, podrían designarse respectivamente por escuela clásica, romántica y naturalista.
La planta del té, originaria del sur de China, fue conocida de la botánica y la farmacopea chinas, desde los más remotos tiempos de la antigüedad, bajo los diferentes nombres con que la describen los escritores clásicos: Tou, Tseh, Chung, Kha y Ming. Era altamente apreciada por poseer la virtud de aminorar la fatiga, deleitar el alma, fortificar la voluntad y reanimar la vista. No sólo en forma interna era usado, sino en forma externa, convertido en una pasta que se aplicaba para curar el reuma. Los taoístas consideraban el té como uno de los elementos principales del elixir de la Inmortalidad y los budistas lo empleaban para luchar contra el sueño, durante sus largas horas de meditación.
Durante los siglos cuarto y quinto, el té fue la bebida favorita de los habitantes del valle del Yangtsé-Kiang; hacia esta época apareció el carácter ideográfico moderno Cha, corrupción evidente del clásico Tou. Los poetas de las dinastías del Sur nos han dejado trazas de la ferviente adoración que sentían por la "espuma de jade líquida". Los emperadores solían conceder a sus primeros ministros, como recompensas de eminentes servicios, alguna rara preparación de las preciosas hojas. Y no obstante, la forma de beber el té de aquella época era sumamente primitiva. Se pasaban las hojas al vapor, se machacaban en un mortero, con ello se hacía una torta que se hacía hervir mezclada con arroz, jengibre, corteza de naranja, especies, leche y algunas veces, cebollas.
Esta costumbre es todavía hoy floreciente en algunos pueblos tibetanos y mongoles, que componen con todos estos ingredientes un raro jarabe. El uso de la rodaja de limón, tan apreciado de los rusos, no es sino una reminiscencia de aquel antiguo método.
Fue necesario el genio de la dinastía Tang para arrancar el té de este estado primitivo y elevarlo hasta su idealización definitiva. Luwuh, que vivió a mediados del siglo octavo, es el primer apóstol del té. Nació en una época en que el budismo, el taoísmo y el confucianismo buscaban una síntesis común. El simbolismo panteísta de la época pretendía reflejar lo universal en lo particular.
Luwuh, el verdadero poeta, descubrió en el té el mismo orden y la misma armonía que reinaba en las demás cosas, y en su famosa obra, el "Chaking", que puede ser considerada como la Biblia del Té, formula su código; en virtud de lo cual, todos los mercaderes de té, chinos, lo veneran como a su dios tutelar.
El "Chaking" comprende tres volúmenes y diez capítulos. En el primero, Luwuh trata de la naturaleza de la planta del té; en el segundo, de los instrumentos empleados para su recolección; en el tercero, del arte de seleccionar las hojas. En su opinión, las hojas de mejor calidad son las que tienen "pliegues como las botas de cuero de los caballeros tártaros, pliegues como los del cuello de un buey robusto; las que son suaves como la bruma que sube el barranco, brillantes como un lago acariciado por el céfiro y húmedas y dulces al tacto como la tierra bañada por la lluvia".
El cuarto capítulo está consagrado a la enumeración y descripción de las veinticuatro partes del equipo del té, desde el brasero trípode hasta el estuche de bambú que contiene todos los utensilios. Notable es la predilección de Luwuh por el simbolismo taoísta y es curioso también notar la influencia del té sobre la historia de la cerámica china. La porcelana Celeste, tiene, como es sabido, el prurito de reproducir las exquisitas coloraciones del jade, prurito que dió por resultado, bajo la dinastía de los Tang, el esmalte azul del Sur y el esmalte blanco de las provincias del Norte. Luwuh considera que el azul es el color ideal para una taza de té, porque da a este líquido un tinte verdoso, mientras el blanco lo hace aparecer rosado y poco agradable. Más tarde, cuando los maestros del té de los Song emplearon el té en polvo, prefirieron los recios bols azul oscuro y marrón, mientras los Ming daban su preferencia a las finas tazas de porcelana blanca.
En el quinto capítulo, Luwuh describe la manera de hacer el té. Proscribe todos los ingredientes a excepción de la sal. Insiste también sobre la tan debatida cuestión del agua y del grado de ebullición que debe alcanzar. Según él, el agua de la montaña es mejor, viene después el agua de río y finalmente la de la fuente ordinaria. Hay tres grados de ebullición; el primero, es cuando las burbujas que flotan en la superficie parecen ojos de pescado; el segundo, cuando las burbujas son como perlas de cristal rodando por una fuente; el tercero, cuando las olas se agitan tumultuosas en la tetera. Se asa el pastel de té al fuego hasta que se ponga tierno como el brazo de un niño, entonces se pulveriza entre dos hojas de papel. Al primer hervor del agua, se echa la sal, al segundo, el té, al tercero, una cucharada de agua fría para fijar el té y "dar al agua su juventud".
Después se llenan las tazas y se bebe. ¡Oh, néctar! Las pequeñas hojas membranosas quedan suspendidas como nubes de concha en un cielo sereno, o flotan como nenúfares blancos sobre un lago de esmeralda. De esta bebida hablaba Lotung, el poeta Tang, cuando decía: "La primera taza humedece mi boca y mi garganta, la segunda rompe mi soledad, la tercera penetra en mis entrañas y remueve millares de ideografías extrañas, la cuarta me produce un ligero sudor y todo lo malo de mi vida se evapora por mis poros; a la quinta taza, estoy purificado, la sexta me lleva al reino de los inmortales. La séptima..., ¡ah!, la séptima..., ¡pero no puedo beber más! Sólo siento el viento frío hinchar mis mangas. ¿Dónde está Horaisan, el Paraíso chino? Dejadme subir a esta dulce brisa y que ella me transporte a él".
Los otros capítulos del "Chaking" tratan de la vulgaridad de las formas ordinarias de hacer el té, de la historia sumaria de los bebedores de té ilustres, de las más famosas plantaciones de té de China, de las variantes que pueden introducirse en el servicio del té y de los utensilios necesarios para hacer el té; el resto del libro está desgraciadamente perdido.
La aparición del "Chaking" debió producir en su tiempo una sensación considerable; Luwuh fue desde entonces el favorito del emperador Taisung (763-779), y su renombre le trajo numerosos adeptos. Hay quién afirma que algunos refinados eran capaces de distinguir el té hecho por Luwuh del hecho por sus discípulos, y se cita el nombre de un mandarín que alcanzó la inmortalidad por la circunstancia de no apreciar el té preparado por el gran maestro.
Bajo la dinastía de los Song, el té picado se puso de moda; la segunda escuela del té había nacido. Se reducían las hojas en polvo en un pequeño molino de piedra, mientras se batía la preparación en el agua caliente con una ramita de bambú hendida a lo largo. Este nuevo método originó algunas modificaciones en el servicio del té de Luwuh y también en la elección de las hojas.
La sal fue definitivamente abolida. El entusiasmo de los chinos de la época Song, por el té, no tuvo límites. Los epicúreos rivalizaban entre ellos para ver quién descubría nuevas cualidades y se organizaron torneos para decidir acerca de su superioridad. El emperador Kiatung (1101-1124), que era demasiado artista para ser un buen soberano, disipaba los tesoros públicos para adquirir una nueva clase de té, más preciosa cada vez. El mismo emperador es autor de una disertación sobre las veinte especies del té; y es al té blanco al que concede el premio, por ser el más raro y el más exquisito.
El ideal del té, según los Song, difiere tanto del de los Tang como difería su concepto de la vida. Estos trataban de realizar lo que sus predecesores habían intentado simbolizar. Para el espíritu poseído de neoconfucionismo, la ley cósmica no se reflejaba en el mundo de los fenómenos, sino que este mundo era la ley cósmica misma. Los Eons eran sólo los momentos, el Nirvana siempre al alcance. La concepción taoísta de que la inmortalidad consiste en la eterna transformación, se compenetró con todas las formas de su pensamiento. Era el progreso y no la acción lo que era digno de interés, era el acto de cumplir y no el cumplimiento mismo de una cosa lo que era el acto vital. Así los hombres podían encontrarse cara a cara con la naturaleza; un nuevo sentido había aparecido en el arte de la vida. El té empezó a ser, no ya un pasatiempo poético, sino un método de realización personal. Wangyucheng ensalzó el té que "inundaba su alma de sensaciones, y cuya delicada amargura le dejaba el sabor de un buen consejo". Sotumpa alababa la fuerza de su pureza inmaculada que hace que el té desafíe la corrupción como el alma de un hombre virtuoso. Entre los budistas, la secta meridional de los Zen, que había asimilado tan gran número de doctrinas taoístas, formula un ritual completo del té. Los monjes cosechaban el té delante de una estatua de Bodhi Dharma y lo bebían en un bols único con todo el formalismo ritual recogido de un sacramento; y este ritual Zen es el que dio nacimiento y desarrollo a la ceremonia del té en el Japón durante el siglo quince.
Desgraciadamente, la sublevación de las tribus mongolas que tuvo efecto durante el siglo trece, y que tuvo como consecuencia la devastación y la conquista de China bajo el bárbaro gobierno de los emperadores Yuen, destruyó todos los frutos de la cultura Song. La dinastía indígena de los Ming, que durante el siglo quince intentó la renacionalización de China, fue continuamente agitada por revueltas interiores, y China cayó, durante el siglo diecisiete, bajo la dominación extranjera de los manchúes. Los usos y las costumbres se
transformaron a un punto tal, que no quedó traza alguna de las épocas precedentes.
El té en polvo fue completamente olvidado, hasta el punto que un comentador Ming se confesó incapaz de recordar cuál era la forma de la varita que servía para remover el té, tal como la describe uno de los clásicos Song.
Entonces aparece el sistema de hacer la infusión de las hojas del té en el agua caliente de un bol o de una taza; lo cual prueba que el mundo occidental es inocente del hecho de tomar el té según este viejo método; en Europa no se conoció el té hasta el fin de la dinastía Ming.
Para el chino de hoy día el té es, sí, un delicioso brebaje, pero no un ideal. Las grandes adversidades de su país le han quitado el gusto de la significación de la vida. Se ha vuelto moderno, es decir, viejo y sin ilusiones, ha perdido aquella sublime fe en ellas que constituye la eterna juventud y el eterno vigor de los poetas y de los ancianos. Es ecléctico y acepta con su tradicional cortesía todas las tradiciones del Universo. Juega con la Naturaleza pero no condesciende a conquistarla ni a adorarla. Su hoja de té es a menudo maravillosa gracias a su aroma de flor, pero la poesía de las ceremonias Tang y Song ha desertado de su taza.
El Japón, que ha seguido las vías de la civilización china, ha conocido el té en sus tres fases. Leemos que en el año 729 el emperador Shomu ofreció el té a cien monjes en su palacio de Nara. Las hojas habían sido importadas por medio de nuestros embajadores en la corte Tang y fueron preparadas según la moda del tiempo. En 801 el monje Saicho trajo algunas semillas y fueron plantadas en el Yeisan. Durante varios siglos se mencionan los jardines del té y el gran placer que la aristocracia y el clero encuentran en esta bebida. El té Song nos llegó en 1191, cuando el regreso de Yeisaizenji que había ido a estudiar la escuela meridional de Zen. Se plantaron las nuevas semillas en tres lugares distintos y se reprodujeron maravillosamente, especialmente en el distrito de Uji, cerca de Kioto, que tiene hoy todavía la reputación de producir el mejor té del mundo. El Zen meridional se impuso con asombrosa rapidez y con él el ritual y el ideal del té de los Song. En el siglo quince, bajo el dominio del Shogun Ashikaga-Voshinasa, la ceremonia del té está definitivamente constituida y establecida en su forma independiente y secular, y desde entonces el teísmo queda plenamente establecido en el Japón. El uso del té como infusión, de la China antigua, es relativamente moderno en nuestro país, pues no fue conocido hasta el siglo diecisiete. Ha reemplazado el té en polvo en la consumición corriente, pero éste no ha dejado de ser por esencia el té de los tés.
En la ceremonia del té, tal como se practica en el Japón, han alcanzado sus ideales la realización más alta. Nuestra victoriosa resistencia a la invasión mongol, en 1281, nos dió la posibilidad de continuar el movimiento Song, tan desastrosamente interrumpido en China por las incursiones nómadas. El té fue para nosotros más que la idealización de una forma de beber; fue una religión del arte de la vida. Este brebaje se convirtió en un pretexto del culto de la pureza del refinamiento; una función sagrada en la que el huésped y su invitado se unían para alcanzar juntos la beatitud de la vida mundana. El cuarto del té fue un oasis en el desierto de la vida, en el que los viajeros, cansados, podían encontrarse para beber en el manantial común del amor y del arte. La ceremonia fue un drama improvisado cuyo argumento fue tramado alrededor de la mesa del té, de las flores y de las sedas pintadas. Ningún color alteraba la tranquilidad del recinto, ningún ruido turbaba el ritmo de las cosas, ningún gesto rompía la armonía, ninguna palabra destruía la unidad de los alrededores, todos los movimientos se ejecutaban simple y naturalmente, éstos eran los designios de la ceremonia del té. Parece algo raro que el éxito la haya coronado; una sutil filosofía la habita. El Teísmo era el taoísmo disfrazado.

EXTRAIDO DEL LIBRO DEL TÉ
OKAKURA KAKUZO

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