lunes, 27 de junio de 2011

EL KARMA


Nuestro fin último como practicantes del budismo es alcanzar el iluminado y omnisciente estado de un buda. Para ello necesitamos un cuerpo humano provisto de una mente sana.
La mayoría de nosotros no damos demasiada importancia al hecho de ser seres humanos relativamente sanos. En cambio, los textos budistas se refieren a la existencia humana como algo extraordinario y precioso, el resultado de una enorme cantidad de virtud, acumulada a lo largo de un infinito número de vidas. Todo ser humano ha necesitado hacer un gran esfuerzo hasta conseguir este estado físico. ¿Por qué tiene tanto valor? Porque nos ofrece la mayor oportunidad de crecimiento espiritual: la búsqueda de la felicidad, la propia y la de los otros. Los animales, a diferencia de los humanos, simplemente carecen de la habilidad de ir en pos de la virtud: son víctimas de su ignorancia. Por lo tanto, deberíamos valorar este valioso vehículo humano y hacer todo lo que esté en nuestras manos para asegurarnos de renacer en forma de seres humanos en la próxima vida. Aunque continuemos aspirando a alcanzar la iluminación absoluta, deberíamos reconocer que el camino hacia el estado del buda es largo e implica una preparación conveniente en tramos más cortos.
Como ya hemos visto, para asegurarnos el renacimiento como seres humanos con el potencial para desarrollar la práctica espiritual, primero debemos seguir el camino de la ética. Eso, de acuerdo con la doctrina del Buda, se traduce en evitar las diez acciones no virtuosas. Cada una de estas acciones provoca sufrimiento en mayor o menor grado. Para reforzar aún más nuestro propósito de no caer en ellas, debemos comprender el funcionamiento de la ley de causa y efecto, también conocida como karma.
El concepto de karma, que significa «acción», se refiere a un acto que realizamos pero también a sus repercusiones. Cuando hablamos del karma de matar, el acto en sí mismo sería arrebatar la vida de otro. Las consecuencias de este acto, también parte del karma de matar, son el sufrimiento que causa a la víctima así como a los que aman a ese ser y dependen de él. El karma de este acto también incluye ciertos efectos sobre el propio asesino, que no se limitan a esta vida. En realidad, el efecto de un acto no virtuoso crece con el tiempo, de manera que el impulso de un asesino despiadado que no duda en acabar con la vida de otro ser humano comenzó en una vida pasada en forma de un simple desprecio por las vidas de otros, que le llevaba a considerarlos meros insectos.
Es improbable que la reencarnación inmediata de un asesino sea en forma de ser humano. Las circunstancias bajo las cuales un ser humano mata a otro determinan la severidad de las consecuencias. Un asesino despiadado que cometa su crimen con alevosía, probablemente renacerá para sufrir enormemente en un reino de la existencia al cual llamamos infierno. Un caso menos grave -pongamos, por ejemplo, un homicidio perpetrado en defensa propia- podría significar renacer en un infierno de sufrimiento menor. Otras acciones no virtuosas de menor alcance podrían llevar a renacer en forma de animal, incapaz de mejorar mental o espiritualmente.
Cuando alguien renace finalmente como ser humano, las consecuencias de varias acciones no virtuosas determinan las circunstancias que rodearán esta nueva vida. Haber matado en una existencia previa da lugar a una vida corta y llena de enfermedades, y a una tendencia a volver a matar que garantiza más sufrimientos en vidas futuras. De la misma forma, el robo provoca falta de recursos y la posibilidad de ser robado, además de establecer la tendencia a robar en el futuro. Una conducta sexual inapropiada, como puede ser el adulterio, da como resultado una vida en la que no se podrá confiar en la pareja y se sufrirán infidelidades y traiciones. Estos son algunos de los efectos de las tres acciones no virtuosas que cometemos con el cuerpo.
Por lo que se refiere a las cuatro acciones no virtuosas del habla, la mentira conduce a una vida en la que los demás hablarán mal del mentiroso; mentir también establece una tendencia a seguir mintiendo en vidas futuras, además de la posibilidad de que los demás le mientan y no le crean cuando dice la verdad. Las consecuencias futuras de hablar mal con la intención de desunir a los demás incluyen la soledad y una tendencia a perjudicar al prójimo. El discurso autoritario provoca el abuso de los demás y conduce a una actitud de enfado. La murmuración da lugar a que los demás no escuchen y a hablar incesantemente.
Por último, ¿cuáles son las consecuencias kármicas de las tres acciones no virtuosas de la mente, las tendencias no virtuosas más comunes? La codicia, que condena a un estado de perpetua insatisfacción; la malicia, que conduce al miedo y a la tendencia a herir al prójimo, y los prejuicios, que sostienen creencias falsas, lo cual provoca dificultades en la comprensión y aceptación de la verdad, además de llevar al sujeto a aferrarse tozudamente a sus valoraciones erróneas.
No he expuesto más que unos pocos ejemplos de las ramificaciones de la falta de virtud. Nuestra vida actual es el resultado de nuestro karma, de las acciones cometidas en el pasado. La situación que nos aguarda en el futuro, las condiciones en que naceremos, las oportunidades que tendremos o no tendremos para mejorar nuestro estado en la vida, dependerán de nuestro karma en esta vida, de nuestros presentes actos. Aunque nuestra situación actual ha sido determinada por conductas pasadas, seguimos siendo responsables de nuestras acciones presentes y, por tanto, tenemos la capacidad y la obligación de dirigir nuestras acciones hacia el camino de la virtud.
Cuando valoramos un acto determinado con el fin de decidir si es moral o espiritual, el criterio debería ser la calidad de la motivación que lo impulsa. Si alguien toma deliberadamente la opción de no robar porque tiene miedo de ser atrapado y castigado, no podemos decir que su resolución sea un acto moral, ya que no son las consideraciones morales las que le han dictado esta elección.
La decisión de no robar puede proceder también del miedo a la opinión pública: «¿Qué pensarán mis amigos y vecinos? Me dejarán de lado. Me convertiré en un marginado». Aunque nadie niega que la decisión sea positiva, de nuevo resulta dudoso calificar la motivación de este acto como moral.
La misma decisión puede tomarse debido al siguiente pensamiento: «Robar significa actuar en contra de la ley de Dios». Otro podría pensar: «Robar es un acto nocivo porque causa sufrimiento en los otros». Cuando tales consideraciones se hallan detrás de la decisión, sí podemos decir que la resolución es de índole moral o ética. En la práctica de la doctrina del Buda, si la motivación subyacente que evita la acción negativa tiene en cuenta que con ello impedirá la adquisición de un estado de pena trascendente, ese freno se convierte en un acto moral.
Se dice que conocer los aspectos detallados de las obras del karma está solo al alcance de una mente omnisciente. Los mecanismos sutiles del karma están más allá de nuestra percepción ordinaria. Para nosotros, vivir de acuerdo a los dictados del karma tal como es concebido por el Buda Shakyamuni requiere un grado de fe en sus enseñanzas. No tenemos manera de comprobar que matar lleva a una corta vida, tal y como él nos asegura, o que robar te condena a la pobreza. No obstante, tampoco debemos aceptar esas afirmaciones mediante una fe ciega. Antes debemos establecer la validez de nuestro objeto de fe: el Buda y su doctrina, el dharma. Es imprescindible analizar sus enseñanzas de forma razonada y completa. Al profundizar en algunos temas del dharma que pueden establecerse por inferencia lógica -tales como las enseñanzas del Buda sobre la transitoriedad y el vacío de las que hablaremos con mayor detalle en el capítulo 13, «La sabiduría»- y ver que son correctos, nuestra creencia en otras enseñanzas menos evidentes, como pueden ser las obras del karma, crecerá de forma natural. Cuando buscamos consejo, vamos a alguien que consideramos capacitado para ofrecernos esa guía. Cuanto más evidente nos resulta el buen juicio de ese amigo sabio, más deseosos estamos de seguir sus consejos. Nuestro desarrollo de lo que yo llamaría «fe sabia» en el consejo del Buda debería producirse de forma parecida.
Creo que la fe profunda y verdadera requiere cierta experiencia, cierta práctica previa. Existen dos tipos de experiencia: por un lado tenemos aquella reservada a seres muy santos que poseen cualidades en apariencia inalcanzables, y por otro las experiencias más mundanas que podemos conseguir a través de nuestra vida cotidiana. Podemos desarrollar cierto reconocimiento de la naturaleza transitoria de la vida, así como de la capacidad destructora que subyace en las emociones aflictivas. Podemos albergar un mayor sentimiento de compasión hacia los demás o más paciencia cuando nos vemos obligados a hacer cola.
Estas experiencias tangibles comportan una sensación de plenitud y alegría, y crece la fe en el proceso por el que llegamos a ellas. La fe en nuestro maestro, la persona que nos conduce hacia ellas, también se hace más intensa, al igual que nuestra convicción sobre su doctrina. Y de esas experiencias tangibles podemos intuir que la práctica continuada podría conducirnos a logros más extraordinarios, como los que inmortalizaron los santos en el pasado.
Esa fe razonada, que va surgiendo de la práctica espiritual, también ayuda a fortalecer nuestra confianza en esas obras del karma de las que el Buda nos habla, lo que, a su vez, nos lleva a desistir de las acciones no virtuosas que acabarían hundiendo nuestra vida en la desdicha. Por lo tanto, resulta útil que en la meditación, aunque solo hayamos alcanzado un pequeño avance en la comprensión del objeto que hemos estudiado, dediquemos tiempo a reconocer nuestro avance y cómo se ha producido. Tales reflexiones deberían formar parte de nuestra meditación, ya que contribuyen a fortalecer la base de nuestra fe en las tres joyas del refugio -Buda, el dharma y el sangha- a la vez que nos ayudan a progresar en nuestra práctica. Nos dan valor para continuar.

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